El Señor enseñó a sus discípulos a orar al Padre en su “nombre”. ¿Qué significa esto? Por supuesto, no significa decir: «en el nombre de Jesús», como una fórmula de cortesía escrita al final de una carta. Tampoco es una fórmula mágica que obligaría a Dios a respondernos. Lo que cuenta no son las palabras, sino el pensamiento y la fe con las cuales las pronunciamos. Pedir en el nombre del Señor significa hacer peticiones siendo conscientes de que él mismo podría formularlas, que son según su voluntad.

Su “nombre” designa su persona, lo que él es verdaderamente. Por ello, orar en el nombre de Cristo significa orar deseando estar de acuerdo con él. Una oración no tendría que acabar con las palabras «en el nombre de Jesús» o algo equivalente, si no es expresada con el deseo, del que ora, de ser sometido al Señor.

Debemos orar “para que el Padre sea glorificado en el Hijo”. ¡La gloria de Dios!, poderoso motivo para guiar nuestras peticiones. Así se evitarán ciertas oraciones egoístas o superficiales. No hay límite para los temas de oración, pero tratemos de expresarlos bajo la mirada del Señor, con toda sinceridad. ¡Así es como la oración expresa nuestra confianza, nos renueva, nos tranquiliza!

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia” (Efesios 6:18).