Un creyente estaba preocupado porque uno de sus hermanos había dejado de asistir a los cultos y demás reuniones. Creía que debía hablar con él, pero no sabía cómo hacerlo sin molestarlo. Al final se decidió y fue a visitarlo a su casa. Ambos se sentaron cerca de la chimenea en la que unos troncos acababan de consumirse. Permanecieron unos instantes sin decirse nada, luego el creyente se agachó y tomó una brasa roja con una pinza y la colocó fuera del hogar. El silencio continuó hasta que el visitante se agachó nuevamente, tomó el tizón apagado y volvió a ponerlo en la chimenea. Al cabo de algunos minutos, el tizón estaba rojo y ardiente.

Entonces el amigo rompió el silencio: «Querido hermano, comprendí qué quiere decirme; en efecto, mi amor y mi celo por mi Salvador se han enfriado durante todo este tiempo en que me quedé solo. Desde ahora volveré a las reuniones».

Esta anécdota es una lección para nosotros. Los cristianos no están hechos para vivir solos. La lectura en común de la Biblia es una fuente de enriquecimiento espiritual, la oración compartida hace más estrechos los vínculos de amor, el culto que rendimos juntos eleva nuestros corazones y nuestras almas por encima de las circunstancias de la vida, que a menudo nos endurecen. No olvidemos que Jesús se alegra al vernos reunidos en torno a él. ¡Este será nuestro lugar en el cielo!