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viernes 20 abril 2018
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La radiante belleza de Dios

Leer: Romanos 1:18-25 Porque las cosas invisibles de él, […] se hacen claramente visibles desde la creación del mundo… (v. 20).

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La Isla de Lord Howe es un paraíso de arenas blancas y aguas cristalinas en la costa este de Australia. Cuando la visité hace unos años, me sorprendió su belleza. Se podía nadar con tortugas y peces brillantes y de colores increíbles. Abrumado por semejante esplendor, no pude evitar adorar a Dios.

El apóstol Pablo proporciona la razón de mi respuesta. La creación en todo su esplendor revela algo sobre la naturaleza de Dios (Romanos 1:20).

Cuando el profeta Ezequiel se encontró con Dios, se le mostró un ser radiante sentado sobre un trono azul y rodeado de colores gloriosos (Ezequiel 1:25-28). El apóstol Juan vio algo similar: Dios brillaba como piedras preciosas, rodeado de un arcoíris de esmeraldas (Apocalipsis 4:2-3). Cuando Dios se revela, no solo descubrimos que es bueno y poderoso, sino también hermoso. La creación refleja esta belleza como una obra de arte refleja a su autor.

Muchas veces, se adora la naturaleza en lugar de a Dios (Romanos 1:25). ¡Qué tragedia! En cambio, permitamos que las aguas cristalinas y las criaturas brillantes nos señalen a Aquel que está detrás de ellas y que es más poderoso y hermoso que cualquier cosa que hay en este mundo.

«Bendice, alma mía, al Señor. Señor Dios mío, mucho te has engrandecido; te has vestido de gloria y de magnificencia». Salmo 104:1
La belleza de la creación refleja la hermosura de nuestro Creador.
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