El décimo mandamiento quizá sea el más radical de todos. Resalta claramente la dimensión interior de la Ley, que no solo condena las acciones y las palabras, sino que va a la raíz: la codicia. Esta puede expresarse mediante una acción o permanecer escondida, pero ante todo es una actitud del corazón.

La codicia consiste en desear lo que no nos pertenece, aquello que Dios estima que no es útil darnos. Este mandamiento pone directamente el dedo en las raíces materialistas de nuestra cultura, y en su búsqueda del placer. Los medios de comunicación y la publicidad se esfuerzan para provocar la codicia, para mantenernos en una insatisfacción permanente.

No es malo desear que nuestro negocio prospere, recibir el salario por nuestro trabajo o la ayuda necesaria para satisfacer nuestras necesidades. Lo malsano es la codicia, querer adquirir un bien simplemente porque otra persona lo posee. ¿Por qué luchamos sin cesar para tener más de lo que necesitamos? Nuestro materialismo y egoísmo favorecen la indiferencia hacia los pobres, tanto los que nos rodean como los de todo el mundo.

La codicia nos hace esclavos del pecado y ahoga el mensaje de la Palabra de Dios. ¡Incluso los creyentes pueden vivir dominados por ella! ¡Solo el Espíritu Santo nos puede liberar de su influencia! El apóstol Pablo escribió: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11).