Frente a una gran multitud, Jesús había resucitado a su amigo Lázaro, cuyo cuerpo ya estaba en descomposición. A pesar de haber sido testigo del poder del Hijo de Dios, parte de esa multitud se volvió en su contra. Poco tiempo después pidió su muerte a grandes voces, y Jesús fue crucificado. Así fue como mataron “al Autor de la vida’’ (Hechos 3:15). Luego dos de sus discípulos bajaron su cuerpo de la cruz, lo embalsamaron, lo colocaron en una tumba e hicieron rodar una piedra para cerrar la entrada.

¿Qué voz podría resonar ahora para hacerlo salir de la tumba, como a Lázaro? No obstante, tres días después, algunas mujeres encontraron la tumba vacía. Su divino ocupante ya no estaba allí: había resucitado, había salido por sí mismo. Nadie se lo había mandado. Salió de la tumba por su propio poder. Él había anticipado este hecho extraordinario: “Le era necesario al Hijo del Hombre… ser muerto, y resucitar después de tres días” (Marcos 8:31).

Sí, Jesús podía resucitar a Lázaro. Tenía el poder para salir él mismo de la muerte como vencedor, después de haber dado su vida en la cruz para salvar a los que creen en él.

La resurrección de Jesús proclama que la justicia de Dios está satisfecha y la muerte está vencida. Cada creyente puede exclamar: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?… Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:55-57).