Al escribir estas palabras, el apóstol Pablo quizá pensaba: ¿Por qué Dios me llamó a mí? La respuesta es dada enseguida: por su gracia. ¡Esto significa que Dios me dio algo que yo no merecía! Pablo no fue llamado porque era muy instruido, ni por su posición religiosa o su desbordante celo. No, Pablo fue llamado por la gracia de Dios. Antes de esto era enemigo de los cristianos y de Jesús, pero Dios lo llamó a anunciar al Señor por toda la tierra.

Cuando Adán y Eva se escondieron después de haber desobedecido, Dios fue al huerto y los llamó: “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9). Él conocía todas las cosas. No tenía necesidad de buscarlos. Sabía exactamente dónde estaban. Sin embargo los llamó, porque deseaba el bien de ellos. Quería que se dieran cuenta del alcance de su desobediencia, para que luego pudieran alabar a Dios quien se ocupaba de ellos a pesar de su pecado. Su gracia los buscó.

Lo mismo sucede hoy. Todos somos llamados por gracia. “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). El objetivo de Dios, cuando invita a todos los hombres por medio del evangelio, es presentar a Jesús como único Salvador.

El Señor nos llama a todos, a cada uno por su nombre. Si hasta el día de hoy usted no ha respondido, hágalo ahora mismo. Llegará el día en que la gracia dará lugar al juicio. Hoy es necesario responder.