Esa noche, con aire preocupado, Paulina dijo a su madre: –Mamá, el Señor Jesús murió en la cruz para salvar a los que creen en él. Pero hay tanta gente que ha creído, como yo, que me pregunto si verdaderamente él me ama a mí.

La madre le respondió: –Paulina, tienes un hermano y una hermana. ¿Crees que te amamos tres veces menos que si fueras hija única?

–¡No, por supuesto!

–Tienes razón. Te amamos como nuestra hija, el número de tus hermanos y hermanas no cambia en nada esto. Tú eres nuestra Paulina, eres única e irremplazable para nosotros. Cuando partimos una torta, la porción para cada uno es más pequeña si somos muchos. Pero el amor del Señor no se comparte como una torta. Su amor es divino, infinito. Los creyentes son muy numerosos, es verdad, pero no por eso son menos amados en lo particular. El Señor Jesús te ama a ti. Quiere tenerte junto a él en el cielo. Pero para esto era necesario expiar tus pecados. En la cruz fue castigado en tu lugar, por tus pecados. Y ahora le perteneces, eres su Paulina, única e irremplazable… Eres su oveja, él es tu Pastor (Salmo 23:1). Si el Pastor pierde una oveja, aunque le queden 99, va en busca de su oveja perdida.

Nuestro Salvador ama a cada uno de los suyos personalmente, y cada creyente puede decir con seguridad, como el apóstol Pablo: “El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).