Hablar de la lluvia y del buen tiempo significa hablar de todo y de nada. Sin embargo es un asunto muy importante para todos aquellos cuyos recursos dependen esencialmente de la naturaleza. Pero la civilización moderna ha alejado a muchos de entre nosotros de esas preocupaciones.

Vivimos con la ilusión de poder controlar todo. Sin embargo, la lluvia, el viento, las nubes y el sol escapan completamente a nuestro control. Las inclemencias del tiempo, las precipitaciones, las tempestades provocan muchos daños, grandes catástrofes. Nos recuerdan nuestra fragilidad y nuestra impotencia. Necesitamos comprender que somos criaturas dependientes de Dios. Él es el Creador de los cielos y de la tierra. En su bondad hacia su criatura, “hace salir su sol sobre malos y buenos, y… hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). Nuestro alimento depende de ello.

Nos llaman la atención sobre la responsabilidad que tenemos como usuarios del ecosistema. Pero también somos responsables de no olvidar a su Dueño. Aun cuando nuestro trabajo tiene su valor, ¿qué pensaríamos de un artesano que olvida lo que debe a quienes le proveen material o energía?

Dios es bueno y da, pero la ingratitud le ofende. Él ha dado mucho más que buenas lluvias en su momento. “Ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). No menospreciemos este don único.