En los muros de una estación de metro en Nueva York, en la calle 110 de Manhattan, alguien hizo un grafiti y escribió: «Dios está muerto», Nietzsche.

Esta célebre cita no es más que la ideología efímera de un filósofo alemán que elaboró todo su sistema de pensamiento negando a Dios.

Pero Dios es la fuente de la vida y no puede morir. A menudo se presenta en el Antiguo Testamento como el Eterno, es decir, aquel que no tuvo principio ni fin de vida (Éxodo 3:14).

Al afirmar que Dios está muerto, Nietzsche no aludía a la muerte de Jesucristo en la cruz. Ese hombre quería eliminar toda idea de Dios. Sin embargo, la muerte de Jesús hace 2000 años es un hecho esencial, pues es el medio que permite a Dios establecer una relación viva con cada ser humano. Pero luego ¡Cristo resucitó!

Algunos días más tarde, en aquella estación apareció un nuevo grafiti debajo del primero: «Nietzsche murió», Dios.

Esta segunda afirmación es indiscutible. Nietzsche falleció en agosto de 1900. Su tumba se encuentra en Röcken, Alemania. Y no es el único a quien la muerte le llega. La Biblia declara: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27). ¡Qué terrible momento para todos los que mueren sin Dios, cuando estando ante el Juez supremo deban confesar que no lo tuvieron en cuenta en su vida!

Pero para los que aún vivimos, es tiempo de saber que Dios vive y está dispuesto a establecer una relación con cada uno de nosotros.