Un orador ateo hablaba ante una numerosa audiencia. Atacaba la fe cristiana y ridiculizaba a las personas ingenuas que todavía creen en la oración. De repente, un hombre entre los asistentes se levantó y pidió la palabra.

–Tiene usted enfrente a un hombre que antes era uno de los más miserables de toda la ciudad. Adicto a la bebida y al juego, golpeaba a mi mujer. No era más que un canalla. Mi esposa y mi hija se aterrorizaban cada vez que me oían llegar a la casa. Sin embargo, mi esposa oraba por mí desde hacía años; y también le enseñó a nuestra pequeña a orar por su papá.

Una noche regresé a casa más temprano de lo acostumbrado. Ese día no estaba ebrio. Mi esposa acababa de llevar la niña a la cama. Me acerqué sin hacer ruido y presté atención. Mi hija oró: «Señor Jesús, salva a mi papá. Por favor, Señor Jesús, libera a mi querido papá».

Ellas no sabían que yo estaba escuchando. Dejé la casa sin hacer ruido. Me sentía fulminado. Un «querido papá», ¡yo no merecía ese apelativo, no lo era!… Creo que nunca la había abrazado. Me sentí avergonzado. Con desesperación clamé: «¡Señor, ayúdame! ¡Responde la oración de mi hija!». Y realmente el Señor lo hizo.

Hoy agradezco a Dios la fuerza que me da para ser un buen marido y un verdadero padre. Ahora somos una familia feliz. Por eso creo en Dios, porque él verdaderamente escucha las oraciones y las responde.

Se podría preguntar a ese orador ateo a cuántas personas ayudó con sus palabras a cambiar de vida, como fue el caso de ese padre. El ateísmo es completamente impotente en eso. Solo la fe en Jesucristo puede cambiar a alguien.