He aquí un hombre ciego que recuperó la vista de una manera inexplicable. Después de su sorprendente curación, algunos vecinos y conocidos lo llevaron ante las autoridades. Los fariseos, guías religiosos de aquellos tiempos, lo interrogaron dos veces con cuidado. Pero como las respuestas eran tan sencillas, no les satisfacían para nada. Este hombre estaba totalmente seguro de que “aquel hombre que se llama Jesús” lo había sanado, y declaró: “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”.

Este humilde testimonio no fue recibido por los fariseos, porque ellos odiaban a Jesús. Y se atrevieron a decir: “Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Y cuando le oyeron afirmar: “Si este no viniera de Dios, nada podría hacer”, no soportaron más y echaron fuera al ciego con desprecio, diciéndole: “Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros?”.

Este hombre ciego era un pecador delante de Dios, como todos nosotros, pero estos religiosos que lo menospreciaron también lo eran, y permanecieron en sus pecados (v. 41). La continuación del relato es notable. Jesús no dejó solo a este hombre, más tarde lo encontró y le preguntó: “¿Crees tú en el Hijo de Dios?”. Ya no se trataba de las circunstancias de su curación, sino de lo que había en su corazón. “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”, respondió el ciego sanado. Jesús le dijo: “Pues le has visto, y el que habla contigo, él es”.

Como este ciego, preguntemos a Jesús: “¿Quién eres, Señor?”. Él nos responderá.