Lamentablemente nuestros primeros padres escucharon la voz del diablo que ponía en duda lo que Dios les había dicho. La duda y la desobediencia destruyeron su confianza en Dios y los condujo a acusarse mutuamente, mientras Dios deseaba su bien. Actualmente muchos matrimonios terminan en divorcio. Sin embargo el plan de Dios no ha cambiado. Hoy como antes, Dios desaprueba los divorcios y las parejas que se forman y se deshacen según sus propios caprichos.

Para Dios, además, las palabras fornicación (relaciones sexuales sin estar casado) y adulterio (infidelidad hacia el cónyuge) no han perdido su sentido, aun cuando no las utilicemos mucho. Recordemos que Dios reservó la sexualidad en el marco del matrimonio, y cualquier desborde es pecado (1 Corintios 6:9-10).

“Cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer” (1 Corintios 7:2-4).

El hombre, ¿es más feliz dando libre curso a sus fantasías? No, al contrario, siembra sufrimiento donde Dios desea su felicidad. Pero ninguna situación es demasiado difícil para Dios. Él perdona a quien reconoce sus errores pasados. Las consecuencias quizá subsistan, pero Dios le dará la fuerza para adaptar su vida a la voluntad divina.