Jesús envió a sus discípulos a anunciar la Palabra de Dios y a sanar enfermos (Marcos 3:13-15). Volvieron muy entusiasmados. Su primera experiencia de servicio fue positiva. Sin embargo, aunque había una gran multitud de la cual ocuparse, Jesús los llamó a dejar todo para seguirlo. “Y se fueron solos (con Jesús) en una barca a un lugar desierto” (Marcos 6:32). Quizá no comprendieron la orden de su Maestro, pero le obedecieron.

Este pedido de Jesús puede sorprendernos, pero nos enseña a no dejarnos absorber por una actividad desbordante, aun cuando esta es para el Señor. «El arco cuya cuerda nunca se afloja, no tardará en romperse», manifestó Juan Crisóstomo.

“Venid vosotros aparte”, les dijo Jesús. El llamado a ser sus discípulos es ante todo una invitación a tener comunión con el Señor, a buscar lo que le agrada, en su presencia. ¡Es tan fácil dejar que las exigencias del servicio cristiano ahoguen los momentos de comunión con él! No podemos trabajar para él sin haber estado, ante todo, “con él”.

“Descansad un poco”. Un cristiano escribió: «Es el ritmo natural de la vida cristiana. Ella consta, en efecto, de idas y venidas entre la presencia de Dios y la de los hombres. La vida cristiana alterna los encuentros con Dios en un lugar tranquilo y el servicio del hombre en la plaza de la ciudad», pero siempre bajo su mirada.

¿Cuánto tiempo duró ese reposo con el Maestro en la barca? Quizás poco tiempo, pero siempre es de gran valor estar con él.