«Estos muros son realmente raros. Al principio los detestas, luego te acostumbras a ellos. Y al cabo de cierto tiempo te vuelves dependiente». Así describía un preso su adaptación a los muros de su cárcel. ¿No sucede lo mismo cuando aceptamos hacer el mal? La primera vez hacemos callar nuestra conciencia. Luego tratamos de esconder nuestra falta, pues en el fondo de nosotros mismos sabemos que lo que hicimos está mal. Tenemos vergüenza, estamos como irritados contra nosotros mismos.

Y si volvemos a caer en lo mismo, al cabo de cierto tiempo nos volvemos esclavos de ello. La costumbre hace que nos sintamos a gusto con el pecado y terminamos siendo dependientes de él. Cuando caemos en ese engranaje, perdemos nuestra verdadera libertad.

Pero Dios desea liberarnos de ese poder del pecado. Por ello dio a su Hijo Jesucristo. Él, el único justo, el único hombre en la tierra que nunca cometió pecado, llevó en la cruz, en nuestro lugar, el castigo que nosotros merecíamos. Murió y dio su vida por mí. Para ser liberado del pecado puedo considerarme como muerto con él, y vivo para él.

¡No nos acostumbremos a pecar! No basta querer hacer el bien. Debemos confesar nuestras faltas a Dios, sencillamente, y hallar en él el perdón, la paz y la plena libertad. ¡Así recibiremos la fuerza para resistir al mal!

Cristo vino para hacer de nosotros personas libres, liberadas del pecado (Gálatas 5:1). ¡Depositemos nuestra confianza en él! ¡Él es el Salvador, el único Salvador!