A lo largo del siglo XX (20) los hombres imaginaron que la mejoría de las condiciones de vida haría que la gente fuese más feliz y fraternal. Hoy fácilmente constatamos que eso no basta.

La Biblia nos enseña que la felicidad no consiste en amontonar riquezas materiales, sino en tener una buena relación con Dios y, por lo tanto, con nuestros semejantes. Tales relaciones, basadas en la justicia y el amor, dan a la vida su verdadero sentido. No están marcadas por la posesión, sino por la acción de compartir y dar.

Para vivir relaciones así, Jesús nos dice que es necesario nacer de nuevo (Juan 3:3). Solo esta nueva vida nos permite entrar en el ámbito del amor divino. Dios nos concedió esta entrada mediante el don más extraordinario: su Hijo unigénito, y el Hijo dio su propia vida para expiar nuestros pecados.

Este regalo tiene algo especial: es universal, pero al mismo tiempo va dirigido a cada uno de nosotros personalmente. “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Entonces se crea una relación verdadera y feliz con Dios, conocido no como el que exige, sino como aquel que da y a quien nos entregamos.

Nuestras relaciones con nuestros semejantes se benefician de esta actitud dictada por el amor divino. Entonces tratamos de descubrir las necesidades materiales (y espirituales) de nuestro prójimo y procuramos ayudarle sin esperar nada a cambio.