Un día, en la caja del supermercado, mientras la señora que iba delante de mí terminaba de recoger sus compras y ponerlas en su carro, una niña de unos ocho años lloraba a su lado. Rápidamente entendí el porqué: su madre no le había comprado lo que ella quería. Después de haber pagado y organizado sus compras, habló tiernamente a su hija: «Beatriz, sabes que te quiero». Todavía llorando, la niña asintió con la cabeza. Entonces su madre le explicó: «Mi amor por ti no depende de lo que te compro. Tengo una razón importante para no darte lo que me pides. No pienses siempre en lo que no tienes, sino más bien en lo que tienes. Fíjate, pasamos un lindo día: el abuelo pudo venir con nosotras, tuvimos una buena comida… Podemos dar gracias, ¿verdad?». Estas palabras calmaron a la niña, quien dejó de llorar…

A veces nos parecemos a esta niña. Vemos la vida cristiana como una serie de frustraciones: ¿por qué Dios no nos da esto o aquello? Esta madre sabía lo que era bueno para su hija y la amaba demasiado como para ceder a sus caprichos. ¡Y Dios nos ama más! Él nos creó y nos preserva la vida. Él sabe exactamente cuáles son nuestras verdaderas necesidades, lo que es bueno para nosotros. ¡Sí, podemos confiar en él! Y si algo nos entristece, ¿por qué no se lo decimos? Como esta madre, quizá no nos dé una explicación precisa, pero nos recordará que, sean cuales sean las circunstancias, su amor por nosotros no cambia. “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17).