El pueblo de Israel acababa de hacer un becerro de oro para adorarlo como «su dios», transgrediendo así el primer mandamiento de la Ley. Por ello Moisés, su conductor, intercedió por ellos, pero no les prometió nada. Les dijo: “quizá podré conseguir la remisión de vuestro pecado”, es decir, quizá podré hacer que Dios les perdone (Éxodo 32:30, V. M.).

Cuando Jesús murió en la cruz para expiar nuestros pecados, dijo: “Consumado es” (Juan 19:30). Inclinó la cabeza y entregó su espíritu a Dios. Tres días después resucitó y subió al cielo, en donde Dios le dio un lugar a su diestra. Jesús no nos deja, como Moisés, con un “quizá”… La Biblia afirma: “Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios… Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”. Y agrega: “Nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:121417).

Jesús está sentado a la diestra de Dios, prueba de que Dios está satisfecho con la obra hecha, y que el problema del pecado quedó definitivamente resuelto. Desde entonces, el perdón divino está asegurado a todo aquel que arrepentido confiesa sus pecados a Dios. No es un “quizá”, sino una certeza.

Cierto día alguien le preguntó a una señora mayor: – ¿Está segura de haber sido perdonada y ser salva?– ¡Por supuesto! No soy muy culta, pero la Biblia dice que “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). Estoy segura de formar parte de ellos, ¡sé que Cristo murió por mí, lo creo!