A lo largo del Antiguo Testamento descubrimos que Dios actuó en la historia de su pueblo. Muchas personas creyeron en Dios y fueron liberadas de sus pecados. Eran salvas, no debido a sus obras, sino por la fe en las promesas de Dios. Más tarde el Nuevo Testamento nos muestra sobre qué fundamento Dios pudo perdonar a los creyentes: el sacrificio de Cristo en la cruz. El Evangelio tiene un alcance universal, es ofrecido a todos y todos pueden aceptarlo.

Jesús tuvo que sufrir una muerte vergonzosa para salvarnos; tuvo que morir como un malhechor. En la cruz sufrió el castigo que exigía la justicia divina frente al pecado del hombre. El hecho de que Dios lo resucitase demuestra que esa justicia divina fue enteramente satisfecha.

La muerte y la resurrección de Jesús, ocurridas hace dos mil años, ¿cómo pueden cambiar hoy nuestra vida? Esto es posible porque Jesús aceptó ser condenado por Dios, juez de todos, en nuestro lugar. ¡Dios es justo salvando a los que creen en el sacrificio de Jesús!

El Evangelio no es, pues, una enseñanza intelectual que podríamos aprender y practicar para beneficiarnos de ella. Es el poder de Dios que salva y cambia la vida de todo el que cree. Este poder nos lleva a dejar de lado (como muerta) nuestra antigua manera de vivir, y nos hace nacer a una vida nueva, la vida de Jesucristo, el Hijo de Dios, nuestro Señor.