La película Amistad cuenta la historia de esclavos africanos que, en 1839, tomaron el barco que los transportaba, matando al capitán y a algunos tripulantes. Luego, fueron recapturados, encarcelados y juzgados. Una inolvidable escena en la corte presenta a Cinqué, el líder de los esclavos, rogando apasionadamente por libertad. Dos simples palabras, repetidas con fuerza por un hombre encadenado, silenciaron finalmente la sala: «¡Dennos libertad!». Se hizo justicia y fueron liberados.

Hoy, la mayoría no corre peligro de encadenamiento físico, pero la liberación de la esclavitud al pecado sigue esquiva. Las palabras de Jesús en Juan 8:36 ofrecen un agradable alivio: «si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres». Jesús se señaló a sí mismo como la fuente de emancipación verdadera porque perdona a todos los que creen en Él.

Jesús anhela escuchar a aquellos que hacen eco de la súplica de Cinqué y dicen: «¡Dame libertad!». Con compasión, Él está esperando escuchar el clamor de los que están encadenados a la incredulidad, el temor o el fracaso. La libertad es una cuestión del corazón, y está reservada para los que creen que Jesús es el Hijo de Dios que fue enviado al mundo para destruir mediante su muerte y resurrección el poder del pecado que nos ataba.