Es inspirador observar la pasión y la dedicación de la gente por alcanzar sus sueños. Hace poco, conocí a una joven que se graduó de la universidad en solo tres años; lo cual le requirió una entrega total. Un amigo quería un auto en particular, entonces, trabajó diligentemente horneando y vendiendo tortas hasta que logró su objetivo. Hay otro que es vendedor y busca entrevistarse con cien personas nuevas cada semana. Si bien puede ser bueno procurar denodadamente algo terrenal, hay una clase de logro más importante.

Luchando en el desierto y desesperado, el rey David escribió: «Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré» (Salmo 63:1). Ante su clamor, Dios se le acercó, y la profunda sed espiritual de David encontró satisfacción solo en su presencia.

El rey recordaba haberse encontrado con Dios en su «santuario» (v. 2), experimentar su amor conquistador (v. 3) y alabarlo día tras día. La satisfacción verdadera en Él es como una comida abundante y sabrosa (vv. 4-5). Aun en la noche, contemplaba su grandeza, y reconocía su ayuda y protección (vv. 6-7).

Con la guía del Espíritu, busquemos denodadamente a Dios; acerquémonos al Hacedor de todo lo bueno, quien nos sostiene con su diestra de poder y amor.