No nos gusta emplear la palabra arrepentimiento, pues nos molesta, nos desvaloriza. Es comprensible, pues lo que ella designa ataca nuestro orgullo, destruye nuestras pretensiones. ¡Arrepentirse, acusarse a sí mismo, reconocer que nos equivocamos de camino, que no tenemos recursos para regresar, es humillante!

Pero la Biblia nos muestra que es precisamente ahí a donde Dios quiere llevarnos: él “es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). La razón fundamental por la que Dios ordena a los hombres que se arrepientan es que Él es santo, y que un día todo hombre tendrá que rendir cuenta de su vida a su Creador. Si la Biblia afirma que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), también proclama que el amor de Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Gracias al sacrificio de Jesucristo, Dios puede perdonar todos los pecados, pero a menudo el orgullo del hombre le impide ir a Dios para obtener el perdón.

El arrepentimiento surge en el corazón del que se convence del amor de Jesucristo, quien fue crucificado para salvarle. Produce un profundo cambio interior, acompañado de la tristeza por haber desobedecido a Dios. No es una contrición pasajera sin mañana. Va acompañada de un cambio total de nuestros pensamientos y comportamiento. Solo creyendo en el Señor Jesús podemos ser liberados y obtener la paz.

“La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse” (2 Corintios 7:10).