Desde hace tiempo estoy preocupado por uno de mis hijos. Ese muchachito dócil y alegre se volvió un adolescente triste y silencioso. Pasa la mayor parte del tiempo en su habitación. Yo entro allí raras veces, pues es su espacio y lo respeto.

Me siento terriblemente impotente frente a mi hijo que poco a poco se volvió un extraño para mí. Sin embargo, la lectura de los evangelios me anima: algunos padres angustiados por un hijo se dirigieron a Jesús y recibieron ayuda.

Un padre desesperado, cuyo hijo era atormentado por un espíritu malo, suplicó a Jesús que le ayudara. “Si puedes hacer algo”, dijo en su angustia. Jesús fortaleció la débil fe de ese hombre, echó al espíritu malo y devolvió el muchacho a su padre (Marcos 9:14-27).

Otro padre acudió a Jesús rogándole que sanara a su hija, pero cuando llegaron a la casa, la niña ya había muerto. Jesús la resucitó y la devolvió a sus padres (Marcos 5:21-43).

Los casos son variados, pero ninguno superó el poder de Jesús. Él es poderoso para socorrer a los padres y a sus hijos.

Entonces, resueltamente y con fe, empecé a presentar mi hijo al Señor por medio de la oración. Día tras día le pido que entre en su habitación, que le hable y se ocupe de él. El Señor conoce mejor que yo su angustia, las preguntas que lo agitan y las dudas que lo turban. Solo él puede, por medio de su poderosa Palabra, calmar la tempestad interior y darle la paz.

Padres cristianos, ¡el Señor es nuestro recurso seguro!