En mi niñez aprendí mucho de mi maestro en la escuela del pueblo. Más que su enseñanza, fue su persona la que me marcó realmente. Era digno, paciente y firme a la vez, exigente pero también bondadoso, y parecía tener un conocimiento sin límite.

“Aprended de mí”, nos dice el Señor Jesús. No se trata solo de retener su enseñanza, lo cual es esencial, sino también de imitar su conducta y su manera de vivir.

Aprendemos el uno del otro, “por la fe que nos es común” (Romanos 1:12). También podemos aprender estudiando la Biblia. En definitiva, para aprender del Señor, es necesario permanecer en comunión con él y estar atentos a lo que él nos dice. Esto no es para recibir de él una nueva revelación, sino para vivir su Palabra en lo cotidiano.

El apóstol Pablo escribió al joven Timoteo: “El Señor te dé entendimiento en todo” (2 Timoteo 2:7). La Biblia nos revela la verdad, pero es el Señor quien da el “entendimiento en todo”. Es bueno leer la Biblia; además será muy provechoso dejar que esta lectura nos transforme interiormente.

Como María en otro tiempo, aún hoy es posible sentarse a los pies de Jesús para oír su Palabra (Lucas 10:39). Necesitamos su pensamiento para comprender lo que él nos pide y para saber cumplirlo. Es preciso que la persona de Jesús tenga valor para el corazón, para que apreciemos su Palabra. Es necesario conocerlo, para disfrutar de él y de su amor.

Aprendiendo de él podremos reflejar algunos destellos de la belleza de su persona y servirle con el espíritu conveniente.