En la región de Dundee, sobre la costa escocesa, se desataba una tormenta. La marea era alta y las olas chocaban violentamente contra las columnas de hierro que sostenían el puente del ferrocarril por encima de la desembocadura del río Tay. De repente se oyó el sonido del expreso que venía de Londres. El tren frenó lentamente y se detuvo justo delante del puente. El conductor dudó, esperando que este fuera lo suficientemente sólido para resistir el doble esfuerzo del mar en furia y el peso del tren. Pero los pasajeros tenían prisa por llegar. El mecánico encendió el vapor, el tren se puso en marcha… ¡y ocurrió la catástrofe! En pocos segundos no había ni tren ni puente.

Este accidente se produjo hace mucho tiempo, la noche del 28 de diciembre de 1879. Los pasajeros esperaban que el puente fuera suficientemente sólido. Pero se equivocaron y todos murieron, incluso el conductor, en quien habían puesto su confianza.

En el viaje de la vida, muchas personas desean llegar al cielo, pero depositan su confianza en un maquinista que los llevará a un puente mucho más precario que el del río Tay. Y dicen: «He leído en tal o cual libro, o he escuchado a tal o cual orador afirmar que podemos confiar en el «buen Dios». Él me recibirá de todos modos; fui bautizado y siempre puse lo mejor de mí. Eso espero…».

No se conforme con una vaga esperanza, es demasiado peligroso. Ponga su confianza en Jesucristo. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).