Varias veces los discípulos atravesaron tormentas con su Maestro. Un día, mientras cruzaban el lago, se levantó un fuerte viento. La embarcación estaba a punto de hundirse, todo parecía perdido. Los discípulos creyeron que iban a morir. Estaban aterrorizados. Y Jesús, ¿qué hacía? ¡Dormía en la barca!

Los discípulos tenían miedo. Pero, ¿no eran creyentes? ¿No conocían a Jesús? ¿No lo habían visto hacer milagros, alimentar multitudes, sanar enfermos? Sí, por supuesto, pero ese día la tempestad los dejó sin ninguna esperanza. La inminencia de la muerte y la aparente indiferencia de Jesús les hicieron dudar de su amor, de su poder y de su asistencia y protección para con ellos.

A menudo ocurre así con nosotros. En el día de la prueba olvidamos completamente nuestras liberaciones anteriores. Las circunstancias externas pueden ser tan difíciles que ya no sabemos ni dónde estamos parados… pero Jesús está junto a nosotros en medio de la tempestad.

Los discípulos son un ejemplo para nosotros. En su angustia, recordaron el poder de Jesús y fueron a él. Era su único recurso. En los momentos difíciles, aprendamos a ir a Jesús y entregarnos a él. Conoceremos su paz que nos guarda y nos sostiene… ¡y sus liberaciones!

“Levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen” (Mateo 8:26-27).