Cuando un hombre se encuentra frente a la muerte, muy a menudo su máscara se cae. Más de uno ha debido reconocer que construyó su vida sobre un fundamento inestable y persiguió una ilusión. Aquí están las expresiones de tres personas frente a la muerte:

– «Voy a hacer un salto aterrador en las tinieblas».

– «Hasta este instante pensaba que no había Dios ni infierno. Ahora sé y siento que los dos existen. Por la justa sentencia del Todopoderoso, voy a la perdición».

– «En el curso de mi vida me aseguré contra todo, salvo contra la muerte. Y ahora debo morir sin estar preparado, en absoluto».

Qué contraste con las últimas palabras de estos hombres, que reconocieron a Jesucristo como su Salvador, y que lo amaban:

El evangelista Esteban: sus enemigos “se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo… dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios” (Hechos 7:54-56).

Dwight L. Moody dijo: «¡Es maravilloso! La tierra se esfuma, el cielo se abre. ¡Dios me llama!».

David Brewster, el inventor del caleidoscopio, declaró: «Veo a Jesús, lo veo tal como es. Hace varios años que poseo esta claridad. ¡Oh, cuán luminoso es! Me siento seguro y feliz».

Todos los que por la fe en el Señor Jesús han puesto su vida en orden con Dios, no temen a la muerte ni a la eternidad. Han sido librados del juicio de Dios. Conocen su amor, y “en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18).