Esta mañana, en la escuela, aprendimos a conjugar el verbo ser en presente y en pasado: yo soy, yo era… La maestra explicó: «El pasado indica que la acción terminó. Por ejemplo, si yo digo: yo estuve enferma, significa que ya no estoy enferma».

Los alumnos propusieron ejemplos: yo era joven, yo soy viejo, yo estuve triste, yo estoy feliz; yo estuve muerto, yo estoy vivo… Gaston levantó la mano: «Maestra, yo estuve muerto, eso no quiere decir nada. ¡Cuando uno está muerto, está muerto!».

Sí, Gaston tiene razón. Ninguno de nosotros puede decir: «yo estuve muerto, y ahora estoy vivo».

Sin embargo, en el Apocalipsis hallamos estas palabras en boca de un hombre, Jesucristo. Él dice al apóstol Juan: “Yo soy… el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:17-18). Estas palabras tienen un alcance incalculable: Jesús estuvo muerto, ¡pero ya no lo está!

Él murió verdaderamente un día, clavado en una cruz. Luego fue sepultado. Pero tres días después resucitó. Muchos testigos lo vieron, e incluso lo tocaron, después de su resurrección.

Hoy, él dice: “Estuve muerto”. En la hora en que usted lee estas líneas, ¡él vive! Y prometió: “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Su resurrección es la prueba de que él venció a la muerte, y que tiene el poder de resucitar a los que creen en él. Y lo que él prometió, lo cumplirá. Desde ahora, “el que… cree… ha pasado de muerte a vida”.