Si el Salmo 1 evoca la felicidad que el creyente encuentra en la Palabra de Dios, el Salmo 32 habla de otro gozo, el del perdón. Sin duda todos nosotros hemos experimentado, un día u otro, la tristeza y el peso debido a nuestras faltas. Tal fue la experiencia de David. Durante un tiempo cerró los ojos a su pecado, pero, reprendido por Natán, el profeta enviado por Dios, David confesó su pecado y dijo: “Pequé” (2 Samuel 12:13). Entonces Dios lo perdonó. Su liberación fue completa: supo que había sido perdonado. Su alivio se reflejó en una verdadera felicidad. “Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5).

Mientras ocultamos nuestras faltas, impedimos a Dios cubrirlas con su perdón. Pero tan pronto las confesamos a Dios, él nos perdona. Un anciano dijo respecto a este tema: «La palabra no está aún en los labios, y ya la herida es sanada en el corazón».

A menudo es difícil, incluso imposible, reconocer nuestras faltas delante de Dios, si no confiamos en su bondad, en su misericordia. Dios ilumina nuestra vida, saca a la luz lo que tratamos de disimular y esconder a los demás. Pero la luz divina no es inquisición. Dios no arranca las confesiones. Su amor nos ilumina: Dios nos muestra que él está ahí, que conoce toda nuestra vida y que está presto a perdonarnos si reconocemos nuestras faltas.

Sí, feliz aquel a quien Dios perdona todas sus faltas: “Se envejecieron mis huesos” (v. 3), dice David en ese Salmo, y ahora constata que “le rodea la misericordia” (v. 10).