En muchos países todos los hombres son iguales ante la ley. Sin embargo, en el seno de la sociedad hay diferencias flagrantes entre ellos. Unos viven en el lujo, otros en la escasez, y algunos incluso en la pobreza extrema; unos acumulan varios trabajos, otros están desempleados; unos tienen una excelente salud, otros están enfermos… ¡La lista de todas estas diferencias es bastante larga!

Y a los ojos de Dios, ¿qué sucede? Todos somos pecadores, porque todos le hemos desobedecido. Por supuesto, no todos somos criminales, ladrones o blasfemos, pero todos somos pecadores. Ningún hombre ni mujer, a pesar de todos sus esfuerzos, puede cambiar nada a su condición de pecador: “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo el Señor” (Jeremías 2:22).

¿Todo está, pues, perdido para nosotros? No, como todos somos iguales ante él, ¡todos podemos ser perdonados gratuitamente! Dios ama a todos los seres humanos con un mismo amor, y dio para todos un Salvador, Jesucristo: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). La oferta del amor divino es tan amplia como la humanidad entera. Para tener la vida eterna es necesario aceptar este don: ¡creer en el Hijo de Dios! Dicho criterio hará la diferencia entre los hombres.

Todos iguales: todos han pecado, pero la misma gracia está a disposición de cada uno.