Testimonio

«Cuando era adolescente mi madre me llevaba todos los sábados a donde un curandero. Así comencé a impregnarme de ese ambiente. Practicando las artes marciales también me sumergí en la cultura oriental, pero descubrí la angustia, la soledad y el dolor. Entonces busqué la verdad a través de todo lo que se me presentaba: filosofía, esoterismo, espiritualidad. Pero ninguno de los caminos que tomaba tenía salida.

Después entablé amistad con un cristiano. Fue el primero en hablarme de Jesucristo, pero de un Jesucristo muy diferente al que yo creía conocer. Intrigado, me uní a un grupo de estudiantes cristianos. Al principio me burlaba de ellos. ¿Tenían estos algo que enseñarme con un solo libro, a mí, que había leído centenas? Sin embargo, yo todavía estaba dispuesto a probar con ese nuevo libro. ¿Qué podía perder? Cuando comencé a leer la Biblia, no entendía nada; lo que ella decía era muy diferente de todo lo que yo había leído antes.

Un amigo cristiano me explicó que Dios quería perdonarme por el mal que yo hacía, y que Jesucristo me ofrecía una vida nueva. Poco a poco tomé conciencia de que efectivamente yo era un pecador, es decir, que el mal moraba en mí. Esto era lo que me impedía acceder a la verdad.

Creí en Jesucristo, quien vino al mundo para salvarme, para morir en mi lugar y reconciliarme con Dios. La paz que anhelaba encontrar estaba en él. Desde entonces aprendo a descubrir la gracia de Dios, a conocer a Jesús y a amarlo».