Seguramente usted ya ha experimentado esa incomodidad que se siente al estar en un lugar desconocido: una nueva escuela, otra ciudad, un nuevo lugar de trabajo. Uno se siente diferente, desubicado, extraño, ¡un extranjero!

Piense en Aquel que fue despreciado en la tierra. “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Desde su nacimiento no hubo lugar para él, solo un establo; luego tuvo que refugiarse en Egipto; fue extraño en medio de su pueblo y aun en su propia familia, como leemos en el Salmo 69:8: “Extraño he sido para mis hermanos, y desconocido para los hijos de mi madre”. No tuvo domicilio fijo: Jesús dijo a un hombre que quería seguirle: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). Ese extranjero es Jesús.

Quizás usted también es un extranjero, se siente solo, menospreciado y sin esperanza. Escuche lo que Jesús dice: “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Si usted le abre la puerta de su corazón, nunca más se sentirá solo. ¿Quiere recibirle?

De hecho, ¿quién es verdaderamente extranjero? ¡Nadie! Porque todos los hombres son iguales ante Dios, todos son pecadores (Romanos 3:23).

Si usted deja entrar a Jesús en su vida, será un hijo de la familia de Dios y, mejor aún, ¡sabrá que él ya le preparó un lugar en su casa!