He aquí una persona que hacía milagros extraordinarios: sanaba a los enfermos, echaba fuera los demonios, resucitaba a los muertos… Esos milagros no tenían como fin sorprender o producir admiración. Por cierto, demostraban el amor de Dios a los hombres, pero, ante todo, confirmaban que Jesús era el Mesías prometido anunciado por los profetas, pero también era el Hijo de Dios.

Entonces, ¿por qué los judíos se escandalizaron respecto a él? Jesús no frecuentó la escuela de los rabinos ni fue contado en la élite intelectual de la época. Su humildad voluntaria fue un obstáculo para la comprensión de sus contemporáneos. Un carpintero, capaz de realizar tales milagros y enseñanzas, ¡no era posible! Esos judíos tenían su manera de ver las cosas, un modelo de pensamiento coherente con su tradición. Los milagros de Jesús eran reales, pero los judíos rehusaban reconocer su origen divino porque esto chocaba contra lo que ellos siempre habían creído y pensado.

Hoy muchas personas se han formado su patrón de pensamiento, el cual no es otro que el pensamiento del momento. Por ejemplo, creen que el hombre es el resultado de la evolución de una célula primitiva aparecida en la tierra por azar. Y, como en el tiempo de Jesús, rechazan la evidencia de la creación: la coherencia del universo, la precisión de las leyes que lo rigen, la belleza de la naturaleza, todo lo que sobreentiende la existencia de un Creador. Aún hoy debemos elegir entre nuestros propios esquemas de pensamiento y lo que Dios ha manifestado con tanta evidencia y claridad.