Los discípulos de Jesús estaban solos en la barca azotada por las olas, sin esperanza de socorro. El Señor iba hacia ellos caminando sobre las aguas, ¡pero ellos no parecían reconocerlo!

Sin embargo Jesús se acercó, y Pedro, indeciso, le dijo: “Si eres tú, manda que yo vaya a ti”. Jesús le dijo: “Ven”. Pedro confió en el Señor: a pesar del peligro, dejó la barca y comenzó a caminar sobre las aguas.

Pero tan pronto apartó sus ojos de Jesús, comenzó a hundirse. Entonces clamó al Señor, como Dios nos anima a hacerlo: “Invócame en el día de la angustia” (Salmo 50:15).

Aquí Pedro experimentó la omnipotencia del Señor, quien acude en nuestra ayuda a pesar de nuestras dudas. Jesús respondió inmediatamente a su clamor de angustia, aunque le reprochó afectuosamente su débil fe.

Nuestra vida con el Señor se parece a la de Pedro. Muy a menudo una fe valerosa da lugar a la duda. El Señor no cambia. No nos desanimemos. En su presencia, aprendamos a contar con él humildemente. Experimentar sus liberaciones nos hará más apacibles. Pongamos nuestra confianza solo en Dios, sin dudar de su poder.

Jesús conoce nuestros momentos de angustia,
Nos tiende los brazos y calma nuestra turbación.
Su reproche está mezclado de ternura
Cuando nos dice: ¿Por qué no tienes fe?