Cuando el ferri Estonia zozobró en el mar Báltico el 28 de septiembre de 1994, 852 personas hallaron la muerte. Solo 137 pasajeros fueron salvos. La investigación sobre las causas del accidente no ha concluido.

Uno de los sobrevivientes era un joven cristiano sueco. Su camarote estaba situado en una de las cubiertas inferiores del barco. Cuando la embarcación comenzó a hundirse, corrió a la parte superior de la escalera. El agua ya entraba a raudales. Tomándose apenas el tiempo de ponerse su chaleco salvavidas, se lanzó inmediatamente al agua. Rápidamente pudo alcanzar el bote salvavidas más cercano, y logró subir a bordo a otros tres náufragos.

Durante todo ese tiempo, a pesar de su agotamiento, una oración continua subía de su corazón a Dios. Al cabo de dos horas, el bote fue localizado por un buque noruego. Después del salvamento, ese joven declaró: «Yo hablaba continuamente con Dios, por eso me sentía en seguridad. Si me hubiese ahogado, aún hubiera estado con Dios».

Más tarde se le preguntó si el accidente no había cuestionado su fe en Dios. Y él respondió: «No podemos hacer a Dios responsable de ese accidente. No fue él quien lo causó. No, mi fe en Dios no tambaleó en absoluto. Al contrario, ¡yo sé que él me cuidó!».

Incluso cuando la situación es crítica, Dios siempre está con los que ponen su confianza en él, con los que se han convertido en sus hijos por la fe en Jesucristo. Y también frente a la muerte.