En la antigüedad había una gran diferencia entre un esclavo y un hombre libre. ¡Sin duda era muy raro que un amo tratara a su esclavo como a un amigo!

Ahora bien, Jesús honró a sus discípulos llamándolos “amigos”. Les habló con confianza y sencillez. Les compartió el secreto de su misión en la tierra. Les dio a conocer todo lo que escuchó de su Padre, como también nos lo enseña a nosotros por medio del evangelio. Les habló del amor de Dios, de su deseo de perdonar al hombre y reconciliarlo con él. Esa fue su manera de obrar.

El privilegio que tiene el creyente de vivir como amigo de Cristo depende de su obediencia a sus mandamientos. Jesús nos ordena, en particular, amarnos unos a otros (Juan 15:12). Los que ponen en práctica el amor divino son verdaderamente sus amigos. Un amigo es alguien en quien uno confía, a quien le puede revelar sus pensamientos, sentimientos, proyectos.

Los creyentes tienen el privilegio de servir al Señor. A los apóstoles les gustaba presentarse como siervos del Señor Jesús (Romanos 1:1; 2 Pedro 1:1; etc.). Sin embargo, por más grande que sea el privilegio de ser sus siervos, el de ser sus amigos es aún mayor. Considerados como esclavos solo necesitaríamos instrucciones claras para cumplir la tarea que nos confió. Pero como amigos, conocemos sus pensamientos y sus sentimientos. Y esto es suficiente para dirigir toda nuestra conducta, respecto a Dios como a nuestro prójimo.