Bartimeo era ciego y, sentado junto al camino, mendigaba. Esto nos hace pensar en aquellos que viven sin fe y no pueden ver las realidades divinas. Su ceguera espiritual los priva de metas y esperanza: no ven las cosas esenciales. Como este ciego, esperan ayuda de los hombres. Pero Jesús pasó por ese camino. Desde el fondo de su angustia, Bartimeo imploró su ayuda: “¡Ten misericordia de mí!”. A pesar del ruido de la multitud, Jesús oyó su oración. Llamó al ciego y, en respuesta a su fe, le devolvió la vista.

Hoy el Señor todavía escucha la oración de todo el que clama a él. No dudemos en hablarle. Él desea abrir nuestros ojos para que, por la fe, podamos discernir su amor y aceptar la gran salvación que él obtuvo muriendo por nosotros.

Bartimeo no dudó. Siguió a Jesús en el camino. A partir de ese momento su vida tuvo un sentido, un centro de interés, un objetivo. Para él nada sería igual que antes. Para usted también, un encuentro con Jesús cambiará su vida.

Estaba solo al borde de la ruta,
Este hombre ciego con el corazón triste y afligido;
Gemía, abrumado por la duda,
Cuando llegó Jesús y le dijo: ¡Sé sano!
El Hijo de Dios es por siempre el mismo,
Aún ayuda, llama y salva.
Vaya a él, al Salvador que te ama,
No importa quién eres, Jesús te quiere bendecir.