Miguel observaba fascinado una larga fila de hormigas que atravesaban la vía. Repentinamente escuchó el ruido de un automóvil, y exclamó: «¡Atención hormigas, un automóvil! ¡Córranse rápido!». Pero las hormigas, sordas a la advertencia, prosiguieron su camino… Un anciano que observó la agitación de Miguel, le dijo seriamente: «Hijo mío, si quieres que las hormigas te comprendan, ¡tienes que volverte una hormiga!». Miguel se quedó pensativo, sabía que eso era imposible… Por cierto, la distancia que separa a un niño de una hormiga es infranqueable. Sin embargo, no es nada comparada con la distancia que separa al hombre, una criatura, de Dios su Creador.

No obstante, Dios se acercó a nosotros para poder comunicarse con nosotros. Traspasando esa distancia infinita, vino a nosotros en la Persona de su Hijo Jesús. Siendo Dios, Jesús se humilló haciéndose hombre. Nació como un niño pobre, creció y vivió en medio de nosotros. Se puso a nuestro alcance y nos habló del amor y la gracia de Dios en un lenguaje muy comprensible.

Hoy Jesús nos advierte del juicio que merecen nuestros pecados. Pero, él mismo tomó ese juicio sobre sí muriendo en la cruz. Ofrece la salvación y la vida eterna a todos los que creen en él. Los lleva a Dios como hijos amados y les reserva un lugar en el cielo junto a él.

Hasta la tierra bajó el cielo,
De Dios misterio es Emanuel;
Cubre a su gloria humano velo