Si un árbol produce aunque solo sea una naranja, tendremos la certeza de que es un naranjo. Asimismo, no es necesario que un hombre haga mucho mal para que Dios lo declare pecador. Incluso si hubiéramos desobedecido solo una vez, tendríamos la prueba de que somos pecadores y culpables. ¡Qué terrible sentencia! El árbol es malo.

A veces creemos que nuestras buenas obras podrán interceder por nosotros ante Dios, que Dios piensa como nosotros, y que mucho bien (que pensamos haber hecho) compensa un poco de mal. Pero Dios no obra así. Él es santo y justo; nuestros pocos actos que parecen loables no pueden calmar su ira contra todo lo que hemos hecho mal. No, Dios ofrece su perdón a todos los que se reconocen culpables. No hay diferencia porque todos han desobedecido a Dios; tampoco hay diferencia en el perdón de Dios, el cual es propuesto a todos, sin excepción.

Entonces, ¿por qué Dios puede perdonar gratuitamente, si dijo que toda mala acción sería castigada? Porque Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a sufrir ese castigo en nuestro lugar. Él vino a la tierra y jamás pensó, hizo ni dijo nada malo. Sin embargo, sus contemporáneos lo rechazaron y lo condenaron a muerte. Dios lo castigó y lo azotó en mi lugar y en el lugar de usted. ¡Qué amor el de Dios, quien sacrificó a Jesús por nosotros! ¡Qué amor el de Jesús, quien se dio a sí mismo para ser castigado en nuestro lugar! Esta gracia de Dios es para usted y para mí, si la recibimos simplemente creyendo.