Bienaventurados los mansos (3)

El adjetivo traducido por “manso” designa un rasgo de carácter no muy apreciado entre los valores de este mundo. Sin embargo, aparece en la Biblia. “Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3). Un profeta del Antiguo Testamento había anunciado la venida del Mesías Rey, quien sería humilde (Zacarías 9:9), y la humildad es inseparable de la mansedumbre. Esta profecía se cumplió cuando Jesús entró en Jerusalén. “He aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna” (Mateo 21:5). Jesús invita a ir a él a todos los que están cargados, y les dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Solo él lo fue plenamente.

En ciertas personas la mansedumbre parece ser natural. Sin embargo, la mansedumbre a la cual se une la promesa es el fruto del Espíritu de Dios en la vida del creyente (Gálatas 5:22-23). Si somos conscientes de la inmensa bondad de Dios, podemos vivir y manifestar esa mansedumbre alrededor nuestro. Ser manso es una disposición de corazón que se expresa estando atento al prójimo, y siendo humilde, es decir, no insistiendo sobre los propios derechos.

Los mansos “recibirán la tierra por heredad”, dijo Jesús. Esta promesa, que simboliza la bendición, se cumplirá cuando el reino de Cristo venga. Pero desde ahora, él abre los tesoros de su gracia a aquellos que son mansos y humildes. “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5).