Desear, comprar, pagar, poseer, es el camino lógico para obtener un bien. De la misma manera, muchas personas que reconocen estar perdidas por haber desobedecido a Dios, piensan que deben hacer algo para ganar su salvación y escapar al juicio y a la muerte. Otras creen que con una oración sincera podrán obtenerla. También hay quienes estiman conveniente hacer un voto, prometen cambiar de vida o mejorar su conducta con buenas acciones o conformándose a ciertas reglas religiosas para obtener la salvación de Dios. Todo esto es inútil, pues la salvación no se compra, es un don, por lo tanto es gratuita. “La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús” (Romanos 6:23).

Nadie puede acercarse a Dios por sus propios medios. Dios es demasiado grande para vender la salvación, y el hombre es demasiado pequeño para poder adquirirla con sus esfuerzos o méritos personales.

Dios no vende nada, pero la salvación de los hombres le costó muy caro. Dio a su Hijo unigénito, Jesucristo, para que podamos tener el perdón, la paz, el gozo. Él pagó nuestra liberación con su propia vida. “Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo… mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1 Pedro 1:18-19, 21). El Señor Jesús pagó ese precio tomando sobre sí mismo todo el peso de nuestros pecados. Dios da esa salvación gratuitamente, y perdona a todo el que va a él con las manos vacías, tal como es, para recibirla.