Las lecciones sobre la fe pueden provenir de lugares inesperados; como la que aprendí de mi perro labrador negro, Oso, de casi 50 kilos. El recipiente de metal para agua de Oso estaba ubicado en un rincón de la cocina. Cada vez que se vaciaba, no ladraba ni lo golpeaba con la pata. En cambio, se acostaba quieto al lado del bol y esperaba. A veces, tenía que esperar varios minutos, pero había aprendido a confiar en que yo entraría finalmente a la cocina, lo vería allí y le daría lo que necesitaba. Su sencilla fe en mí me recordó cuánto más precisaba confiar yo en Dios.

La Biblia nos dice: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Hebreos 11:1). El fundamento de esta confianza y seguridad es Dios mismo, «que es galardonador de los que le buscan» (v. 6). Dios es fiel en cumplir lo que ha prometido a todos los que creen y acuden a Él a través de Jesucristo.

A veces, no es fácil tener fe en lo que no vemos, pero podemos descansar en la bondad de Dios y en su carácter amoroso, confiando en su sabiduría perfecta en todas las cosas… aunque tengamos que esperar. El Señor siempre cumple fielmente lo que dice: salvar nuestras almas eternas y suplir nuestras necesidades más profundas, ahora y para siempre.