Génesis 2:15-17 y 3:6-12

Yo no fui creado como un robot programado, incapaz de decidir por mí mismo. La Biblia me enseña que Dios me creó a su imagen y semejanza (Génesis 1:26-27), es decir, con la facultad de amar, de pensar, de razonar, de querer o de rechazar, por lo tanto libre.

Esta libertad conlleva una responsabilidad. El hombre no es un animal sumiso a sus instintos. De esta manera es responsable de obedecer conscientemente a su Creador. En el paraíso terrenal, cuando Adán y Eva fueron puestos a prueba, escogieron desobedecer a Dios. Infringieron la única prohibición que les fue hecha. Las consecuencias para todos los seres humanos son el pecado, la miseria, el sufrimiento y la muerte, porque todos pecaron.

Pero la Palabra de Dios no se detiene ahí. Ella proclama una buena noticia: “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Dios no trató de mejorar la raza humana. Él envió a su Hijo Jesucristo al mundo, quien se hizo hombre y vivió en la tierra exactamente como Dios lo esperaba. Jesús ofreció a Dios una vida perfecta, sin pecado, “haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Allí sufrió el castigo que nosotros merecíamos como pecadores, a fin de que seamos salvos aceptando esta salvación por la fe.

He aquí el mensaje del evangelio, simple, profundo, eficaz.